A los pies del imponente paisaje del MONTE XALO (enlace a nuestra publicación), el tiempo parece ralentizarse. Allí, entre sombras verdes y destellos de agua, el Rego das Xesteiras teje un pequeño universo fluvial que seduce desde el primer paso. La vegetación se desborda en mil tonos, el agua susurra historias antiguas y la belleza natural envuelve al caminante.
La ruta lineal de 1 km de longitud siguiendo el curso del riachuelo que
le da nombre, el sendero nos conduce por un valioso patrimonio etnográfico
ligado al agua: 11 molinos que llevan el nombre de las familias que los
compartieron, testigos silenciosos de una época en la que el cereal marcaba el
pulso de la economía local.
Estos molinos, cedidos al Ayuntamiento de Culleredo en 2006 y
cuidadosamente consolidados un año después, renacieron como ruta etnográfica
para el disfrute de vecinos y viajeros curiosos.
Dos de ellos —Fraganova y Ramallal—, situados en los extremos del recorrido,
recuperaron incluso su funcionalidad original, como si el pasado hubiera
decidido quedarse un poco más.
Caminar junto al rego es dejarse arrullar por el sonido del agua que serpentea entre helechos y rocas, una melodía constante que invita al silencio y a la contemplación. Aquí, la tranquilidad no se busca: se encuentra.
Los molinos del Rego das Xesteiras, que aprovechaban el mismo hilo de agua para moler el grano cultivado por los vecinos de Celas, son un magnífico ejemplo de arquitectura popular ligada al campo. Más allá de la piedra y la madera, representan una forma de vida basada en el equilibrio, el respeto y el uso sabio de los recursos que la naturaleza ofrece. Un legado humilde y poderoso que sigue fluyendo, como el agua, entre el ayer y el hoy.
A medida que avanzamos, el suelo, mullido por un tapiz de hojas,
amortigua nuestros pasos y nos invita a caminar despacio. El canto de los
pájaros nos acompaña: algunos nos observan en silencio, parapetados tras un
bolo de granito; otros se ocultan entre las ramas que tejen la sombra sobre el
sendero. El bosque respira, y nosotros con él.
Hoy contemplamos los molinos como valiosas referencias etnográficas, pero
también conviene mirarlos con otros ojos: los de la ingeniería popular. Fueron
complejas obras hidráulicas, ingeniosamente concebidas y perfectamente
integradas en el entorno.
Su funcionamiento dependía de un delicado equilibrio. Era necesario un
caudal constante que diera vida a la maquinaria; a veces el agua debía
compartirse con los usos agrarios y, en otras ocasiones, cuando el río bajaba
bravo y desbordado, los molinos guardaban silencio para proteger sus entrañas
de madera y piedra.
Ya a mediados del siglo XVIII, según el Catastro del Marqués de la Ensenada, las parroquias de Culleredo contaban con sesenta y dos muíños fariñeiros movidos por el agua. Un dato que no solo habla de números, sino de una tierra profundamente ligada al curso de sus ríos y a la sabiduría de aprovecharlos.
Árboles autóctonos conviven con especies de repoblación, dibujando el paisaje típico de un bosque de ribera donde la mano del ser humano supo transformar sin romper el equilibrio con el medio natural.
Alisos, sauces, fresnos, robles y abedules se entrelazan formando una bóveda verde, salpicada por algunos ejemplares de eucalipto que se alzan esbeltos hacia el cielo. La densidad del bosque regala una sombra generosa, guardiana de la humedad que permite a los musgos prosperar y cubrir troncos y piedras con su manto aterciopelado.
En los remansos del río, donde el agua se aquieta y refleja la luz
tamizada, la vida se multiplica. Entre densas colonias de helechos revolotean
libélulas de vuelo iridiscente y zapateros que caminan sobre el agua como si
desafiaran sus leyes. Bajo la superficie, los tritones encuentran refugio,
mientras en las orillas se adivinan las pequeñas galerías excavadas por
discretos mamíferos que también llaman hogar a este lugar.
Piedra, madera y agua: tres elementos esenciales que la naturaleza y el
ser humano supieron conjugar con sabiduría y respeto. De esa alianza nació un
paisaje donde nada parece impuesto y todo encaja con una armonía serena.
A lo largo del cauce, intercalados en el trayecto, emergen inmensos bolos
graníticos, moldeados pacientemente por la degradación química de la roca y por
el paso incansable del tiempo. Algunos conservan profundas entalladuras,
huellas de un pasado en el que fueron materia prima para la construcción de los
molinos. No cuesta imaginar que más de uno de los pies de los molinos de A
Xesteira fue tallado en estas mismas piedras, arrancadas al río para
devolverle, transformadas, su energía.
Sin duda, el otoño es la estación más hermosa para recorrer este lugar:
cuando el bosque se enciende en ocres y dorados, el aire huele a tierra húmeda
y el suelo se convierte en un discreto festín micológico que invita a caminar
con los sentidos bien despiertos, descubriendo entre musgos y hojarasca, un
mundo discreto y fascinante.
A escasos metros del inicio de la ruta se alza la TORRE DE CELAS DE
PEIRO, también conocida como FORTALEZA
DE VINSEIRA (enlace a nuestra publicación). Esta torre formó parte de un
antiguo conjunto fortificado que, junto con la cercana IGLESIA
ROMÁNICA DE SANTA MARÍA DE CELAS (enlace a nuestra publicación), articulaba
un espacio de poder, defensa y espiritualidad en el corazón de estas tierras.
TODA LA INFORMACIÓN INCLUIDA EN ESTA PUBLICACIÓN, HA SIDO RECOGIDA EN LOS
SIGUIENTES ENLACES:
https://turismoculleredo.gal/es/project/ruta-del-rego-das-xesteiras/
https://www.culleredo.es/es/node/280
https://turismoculleredo.gal/wp-content/uploads/2018/11/Rego-das-Xesteiras-A5-2025.pdf
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