OS GROBOS, BECERREÁ

UN BOSQUE DONDE SUS ÁRBOLES Y PIEDRAS TAMBIÉN SUEÑAN

En esta ocasión, os invitamos a acompañarnos en una visita al corazón de una línea invisible de piedra que atraviesa el municipio de BECERREÁ (enlace a nuestra publicación) de norte a sur, como una cicatriz antigua grabada en la tierra. Se trata de la franja caliza de Vegadeo, una auténtica rareza geológica en Galicia y, al mismo tiempo, la responsable silenciosa de algunos de los enclaves de mayor valor natural y arqueológico de la zona.

De ella nacen lugares tan singulares como el Aciñeiral de Cruzul, un refugio vegetal de extraordinaria importancia; el yacimiento paleolítico de Valdavara, que todavía conserva algunas de las primeras huellas de presencia humana en Galicia; y, cómo no, el singular y sorprendente PAISAJE KÁRSTICO DE OS GROBOS, un espacio donde la roca y el bosque se funden para crear un escenario casi mágico, modelado por el agua y el tiempo a lo largo de millones de años.



Cuando descubrimos este singular enclave a través de un programa de televisión, el deseo de conocerlo fue inmediato. Así, en un día de febrero tan soleado como fresco, pusimos rumbo al lugar, bien pertrechados y con la ilusión por todo lo alto dispuestos a disfrutar de la jornada y de todo lo que el paisaje tenía preparado para nosotros.

Llegados al lugar de Agueira, dejamos el coche cerca del panel informativo donde se detalla la RUTA DAS CALIZAS, una senda de dificultad alta que se adentra en un espacio reconocido como Reserva de la Biosfera por la UNESCO, y en cuyo recorrido se localizan, entre otros, los enclaves mencionados anteriormente.


Nosotros, en cambio, junto a la fuente pública, nos adentramos hacia Os Grobos cruzando un pequeño puente de madera y atravesando el paso inferior de la nueva N-VI, acompañados por el Regueiro de Fontaos, que no muy lejos de aquí entrega fielmente sus aguas al río Navia.





Así, cruzamos al reino de lo natural, un territorio donde la caliza aflora de forma excepcional y el tiempo parece haber decidido tomarse las cosas con calma. Entrar en Os Grobos es adentrarse en una historia milenaria, escrita, no con palabras, sino con rocas, raíces y silencios.








Lo primero que nos sorprende en Os Grobos es la extraña armonía entre caos y equilibrio. Enormes bloques de caliza emergen entre la vegetación, apilados unos sobre otros como si siguieran una lógica secreta conocida solo por la naturaleza. Desde el punto de vista geológico, su origen es claro: son fruto de millones de años de erosión hídrica y disolución de la roca, pero contemplarlos así, en silencio, casi parece que el bosque los ha colocado a su antojo.





Durante millones de años, la lluvia gallega ha trabajado esta roca sedimentaria con una paciencia infinita. Gota a gota, ha ido tallando grietas, cuevas, oquedades y pasadizos, transformando el paisaje en un territorio donde la naturaleza parece haberse divertido creando escenarios insólitos y sorprendentes, distintos a todo lo que uno espera encontrar en un bosque.



Sobre este fenomenal terreno singular se asienta un bosque dominado por castaños centenario, acompañados de robles, abedules y un sotobosque rico y diverso. Son árboles que han visto pasar generaciones, que han dado fruto, sombra y sustento a las aldeas cercanas y cuyos troncos, retorcidos o caidos, hablan de resistencia y de vejez.






El castaño fue durante siglos un pilar de la economía y la alimentación local. En otoño, Os Grobos se transforma en un mosaico de ocres y dorados, y el suelo se cubre de hojas y castañas, recordando que este bosque también fue un lugar vivido, trabajado y compartido.





En verano, estos árboles regalan sombra y frescor; y a lo largo de todo el año, el bosque conserva una atmósfera de lugar antiguo, casi ceremonial, como si cada tronco guardara el secreto de siglos que esperan ser escuchados.







Durante nuestro paseo, no pudimos dejar de fijarnos en que muchos de estos árboles muestran troncos retorcidos, huecos profundos y formas irregulares, como si el tiempo los hubiera esculpido con paciencia infinita. Cada arruga en la corteza, cada curva inesperada, es testimonio de siglos de crecimiento lento y de una resistencia silenciosa frente a los elementos.






Es este espacio, ideal para el paseo tranquilo, la fotografía de naturaleza, el turismo respetuoso y para quienes buscan paisajes con alma, cada paso sobre la hojarasca es una invitación constante a detenerse: sentarse en una roca o tronco, tocar la corteza de un árbol y mirar cómo la luz se filtra entre las ramas.



Los castaños centenarios, enormes y nudosos, parecen mirarte de reojo, como diciendo: “ah, tú eres el humano de hoy”. Algunos tienen el tronco tan retorcido que da la impresión de que se movieron de sitio durante la noche, cansados de estar siempre en la misma postura desde hace siglos.



El camino nos lleva a perdernos de nuevo por el laberinto de piedras con formas caprichosas de este paisaje kárstico.




Como en tantos rincones del interior gallego, la tradición oral habla de meigas, de luces que aparecen entre las rocas al caer la tarde, de sonidos inexplicables cuando la niebla se adueña del bosque. Hay piedras que, según se dice, no deben moverse. Lugares donde conviene hablar bajo. Rincones que imponen respeto sin necesidad de explicaciones. Relatos transmitidos en voz baja, al calor del hogar, que hoy forman parte del aura misteriosa del lugar.




Algunos invitan a detenerse, a observar la textura de la piedra suavizada por el paso del tiempo y cubierta en ocasiones por ese hilo verde que cose todo el paisaje, el musgo.





Este musgo, omnipresente, cubre piedras y troncos, amortigua los pasos y refuerza esa sensación de estar dentro de un ecosistema vivo, húmedo y antiguo, donde el silencio no es ausencia, sino compañía.


Caminar por Os Grobos es adentrarse en un paisaje siempre cambiante, un recorrido que invita a la exploración sin prisas de este hermoso bosque que parece sacado de un cuento de hadas, donde cada giro del sendero promete una pequeña sorpresa.






Y no son pocas, porque cada grieta, cada pequeña galería por la que nos abrimos paso entre la tupida vegetación nos asoma, casi sin previo aviso, a un rincón espectacular, como si el bosque se empeñara en sorprendernos una y otra vez.





Por todo ello, no resulta extraño que Pedro Olea eligiera este enclave para rodar El bosque del lobo, una película basada en la novela El bosque de Ancines, que a su vez se inspira en hechos reales relacionados con el célebre caso de Manuel Blanco Romasanta y el mito que lo rodea, el del hombre lobo. En el filme se recrea la historia de un asesino de características similares a Romasanta, aunque bajo el nombre de Benito Freire, personaje interpretado de manera magistral por José Luis López Vázquez, cuya actuación contribuye a intensificar la atmósfera inquietante y oscura que el paisaje de Os Grobos transmite de forma natural.




En uno de esos rincones, incluso pudimos detenernos a contemplar con detenimiento la roca que da forma a esta franja caliza de Vegadeo, observando de cerca las vetas, texturas y huellas del tiempo que explican, sin palabras, la historia geológica del lugar.



Estas increíbles formaciones dan lugar a cavidades naturales que no son solo un capricho geológico. Durante siglos, fueron refugio para pastores, resguardo para el ganado y escondite en tiempos difíciles. La memoria oral aún susurra historias de huidas apresuradas, noches interminables y piedras que ofrecían amparo, cuando la roca era techo, muro y salvación.








Seguimos nuestro paseo sin un destino claro, aceptando que no todo recorrido necesita una meta, pero que la nuestra ya se encontraba cada vez más cerca, pues presentimos que nos estamos acercando al entorno por el que nos adentramos a esta maravilla que nos envolvió en cada paso.









Cuando el recorrido parece llegar a su fin, cuesta creer que todo lo que hemos contemplado sea fruto de algo tan sencillo (y a la vez tan poderoso), como el agua cayendo una y otra vez sobre la piedra. Millones de años de paciencia han dado forma a Os Grobos, y este breve paseo basta para hacernos sentir diminutos y, al mismo tiempo, profundamente conectados con el lugar.





Aquí, la geología deja de ser una lección encerrada en un libro para convertirse en una experiencia viva, que se toca, se respira y se camina. Las rocas hablan de un tiempo sin humanos; el bosque, de generaciones que aprendieron a convivir con él; y el silencio, de todo aquello que aún no sabemos escuchar.

Os Grobos fue, en definitiva, un encuentro íntimo con esa parte de nosotros que, al marcharse, sabe que ha estado en un sitio especial… aunque después nos cueste encontrar las palabras exactas o las fotografías apropiadas para explicarlo. ¡Y quizá ahí resida su verdadero encanto!




VISITA OTROS SORPRENDENTES LUGARES DEL MUNICIPIO DE BECERREÁ EN EL ENLACE, DONDE ENCONTRARÁS UN MAPA PARA LLEGAR A CADA UNO DE ELLOS.

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