En San Salvador de Maceira el patrimonio no se guarda en vitrinas: se vive al aire libre. Así, nada más llegar, un hermoso CRUCEIRO se convierte en el primer saludo. Erguido, firme, marcando el espacio sagrado, es uno de esos símbolos que en Galicia funcionan casi como brújulas emocionales, capaces de orientarnos sin necesidad de mapas.
No es casualidad. En Covelo se conservan algunas exquisitas muestras de
este arte religioso, como el CRUCEIRO DEL SANTÍSIMO CRISTO DE LOS AFLIGIDOS, del que ya os hablamos en otra publicación.
Este de Maceira es algo más modesto, sí, pero no por ello menos
elocuente. Obra del maestro cantero Argibay, es una auténtica narración en
piedra, pensada para leerse despacio. Así, en el fuste se representa la
expulsión de Adán y Eva del Paraíso, empujados por un ángel que blande la
espada en alto. Tras ellos aparecen el Árbol del Bien y del Mal y la serpiente,
siempre al acecho, encarnación del diablo tentador. Una escena que resume, sin
rodeos, la pérdida de la inocencia.
Justo encima, la historia continúa. Cristo comparece ante el Sanedrín, de pie sobre un pedestal, vestido con túnica larga, atado por el cuello y con las manos apresadas. Un poco más arriba, otra escena de la Pasión: Cristo semidesnudo, ligeramente encorvado, atado a la columna mientras es azotado. Y coronando el conjunto, el Ecce Homo: de pie, con el paño de castidad, túnica y corona de espinas, las manos y el cuello atados, mirando al mundo con esa mezcla de dolor y dignidad que atraviesa los siglos.
En el anverso de la cruz, Cristo crucificado aparece bajo la cartela INRI, acompañado por un ángel que sostiene un cáliz para recoger la sangre que mana de su costado.
En el reverso, una Virgen de los Dolores, cubierta por un
largo manto, sostiene a sus pies una gran corona sin espinas, decorada con un
corazón atravesado por una espada. Más abajo, los símbolos del sacrificio: el
hierro con la esponja, el martillo y los tres clavos. Sobre el travesaño, dos
ángeles alados y desnudos elevan la corona que la proclama Reina del Cielo.
Pero incluso antes de pisar el atrio, el cierre del recinto sagrado nos regala una escena inusual que parece querer contarnos algo. El camposanto se asoma sin pudor, dejando ver sus tumbas, que emergen hacia el exterior como si sintieran curiosidad por el mundo de los vivos, presumiendo —con discreta elegancia— de las formas únicas que las hacen distintas unas de otras.
Y justo allí, casi como quien no quiere llamar la atención pero acaba
logrando todo lo contrario, aparece el PETO DE ÁNIMAS, ese pequeño altar
de piedra tan nuestro, tan gallego, que mezcla fe, miedo y esperanza en partes
iguales. Es imposible pasar de largo sin echarle una mirada —y quizá una
moneda— pensando en las almas del purgatorio… y en la nuestra, por si acaso.
Porque aquí la tradición no es folclore: es memoria viva.
Ya dentro del recinto sagrado, la IGLESIA DEL DIVINO SALVADOR DE
MACEIRA no necesita destacar, porque la devoción popular ya habla por ella.
Se alza con esa sobriedad tan gallega, hecha de piedra curtida por la lluvia y
el tiempo. Su aspecto es sencillo, casi humilde, pero ahí está precisamente su
encanto. Todo en ella invita a detenerse: a mirar despacio, a escuchar el
silencio, a imaginar las generaciones que han pasado por su atrio camino de
misa, de romería o simplemente, siguiendo el ritmo tranquilo de la vida
cotidiana.
Y en este caso la suerte nos sonrió, encontrándola abierta y, sin
pensarlo demasiado, cruzamos la puerta con el respeto que merecen los lugares
que guardan memoria. De posible origen medieval, con reformas posteriores que
fueron adaptándola a los siglos y a las necesidades de la parroquia, el templo
conserva ese aire intemporal que parece resistirse a cualquier moda.
El gran protagonista del interior es el RETABLO MAYOR, presidido
por la imagen de San Salvador, que observa desde el altar con serenidad
antigua. Se trata de un retablo de factura modesta, pero cargado de intención
devocional. No hay excesos, pero sí detalle y simbolismo, ese barroco rural que
no necesita dorados deslumbrantes para transmitir emoción.
Bajo la mesa del altar sobresale una talla de madera policromada que
representa a un Cristo yacente, una imagen profundamente conmovedora que impresiona por su realismo dramático.
Los retablos laterales, más pequeños, acompañan el conjunto como voces
bajas en una misma oración. En ellos aparecen advocaciones queridas por la
parroquia, reflejo de una religiosidad cercana, hecha de promesas, agradecimientos y rutinas
que se repiten generación tras generación.
Volviendo al exterior, se nos muestra otro de sus elementos singulares cargado
de simbolismo. La PILA BAUTISMAL situada en el atrio, tallada en piedra,
robusta y sobria, ha sido durante siglos el primer contacto de muchos vecinos
de Maceira con la iglesia… y con la comunidad. Esa pila ha escuchado los primeros llantos de recién
nacidos, ha visto sonreír a padrinos nerviosos y ha sido testigo del gesto
sereno de curas que repetían el rito una y otra vez, sabiendo que, aunque las
palabras fueran las mismas, cada bautismo era único.
Más no es el único detalle que reclama nuestra atención.
Allí mismo se alza otro CRUCEIRO, pequeño en tamaño pero grande en alegoría. Un cruceiro humilde en apariencia, cuyos distintos elementos —procedentes de épocas bien diferentes— se unen como piezas de una historia recompuesta, recordándonos que en Galicia el tiempo no borra: se superpone.
Y, a sus espaldas, casi como un detalle reservado a las miradas curiosas,
distinguimos en el muro de un edificio que linda con el camposanto, un ESCUDO
DE ARMAS y una singular figura pétrea. No hay cartelas que expliquen su
origen ni palabras que desvelen su significado con claridad. Tampoco fuimos
capaces de encontrar información que arroje luz sobre ellos. Aquí manda la
intuición.
Sin embargo, de la que sí logramos descubrir algo fue de la casa colonial conocida como “Vivienda Carmen”. En su fachada, desgastada por el paso del tiempo, se esconde un gesto profundamente humano: un azulejo que conserva las palabras de su dueño, grabadas como un susurro de bienvenida. En él se lee: “En la puerta de este buen hogar está grabado un corazón, abierto de par en par cuando alguien le extiende la mano”. Un mensaje sencillo y honesto, que dice más sobre este lugar —y sobre su gente— que cualquier escudo o piedra labrada. Porque a veces, el verdadero patrimonio no está en lo que se protege, sino en lo que se ofrece.
No muy lejos de allí, en la portada de otra propiedad, algo nos detiene
de nuevo la mirada: un barril tallado en piedra, discreto pero intrigante, es
uno de esos detalles que invitan a preguntarse por su historia, por su función,
por las manos que lo colocaron allí y el motivo por el que sigue vigilando la
entrada, imperturbable, mientras los siglos pasan a su alrededor.
Ya por último, mientras contemplamos el VÍA CRUCIS, entendemos que no podemos marcharnos de este lugar sin recordar, que aquí se celebraban hasta siete fiestas en el año, siendo la de más renombre y devoción la que todavía se celebra en honor de la VIRGEN DE LA GUÍA el día 15 de Agosto, y que parte de esta iglesia parroquial, para subir a la ermita del Alto da Guía y saludar a la imagen que “vive todo el año” en la soledad de la capilla del monte. Cuando la procesión llega al ‘Cruceiro da Fonte’, se encuentra con otra imagen para subir juntas y presidir la misa solemne, saludándose con bailes y ritos ancestrales como en As Pascuillas de A FRANQUEIRA (enlace a nuestra publicación).
TODA LA INFORMACIÓN INCLUIDA EN ESTA PUBLICACIÓN, HA SIDO RECOGIDA EN LOS
SIGUIENTES ENLACES:
https://concellodecovelo.es/?sec=26&parroquia=maceira&lang=es
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