El río Mandeo a su paso por municipios como como SOBRADO DOS MONXES, ARANGA, CURTIS, IRIXOA, COIRÓS, PADERNE y BETANZOS (enlaces a nuestras publicaciones), va dejando en cada orilla un rastro de vida, reflejos verdes y escenas que parecen pintadas a mano alzada. No es casualidad que este territorio forme parte de la Reserva de la Biosfera Mandeo.
Para recorrerlo sin prisas, se han tejido a su alrededor rutas de senderismo perfectamente señalizadas, senderos que van desvelando, paso a paso, la belleza serena del Mandeo: un río que no busca protagonismo, pero que acaba robándolo todo.
Una de estas sendas que no solo se caminan, se viven y se
recuerdan mucho después de haber guardado las botas es: la SM.11 RUTA
COTO DE CHELO - CENTRAL HIDROELÉCTRICA DO ZARZO. Un camino que se permite
el lujo de caminar por ambas orillas del río Mandeo, entre el Centro de interpretación de la naturaleza de Coirós y la Mini central del Zarzo
(Paderne).
El Centro de Interpretación no es solo un punto de partida, es una puerta de entrada al alma del Mandeo. Desde aquí se entiende —y se siente— la riqueza natural y ambiental de la cuenca media del río, como si el paisaje decidiera explicarse antes de ser recorrido.
Situado en Chelo, al pie del Monte da
Espenuca, el enclave tiene algo de escenario privilegiado. No en vano fue
declarado paisaje pintoresco: un lugar donde la mirada se entretiene sin
esfuerzo y el tiempo parece caminar más despacio.
Flanqueado por grandes árboles de ribera, el camino se abre generoso y
amable, como si quisiera dar la bienvenida a todo el mundo. Sus primeros metros
son amplios y accesibles, incluso para quienes se desplazan en silla de
ruedas, acercándonos a un pequeño pero encantador mirador. Allí el
Mandeo posa tranquilo, regalando una estampa serena, de esas que no necesitan
palabras y que se quedan grabadas como un primer suspiro antes de adentrarse
del todo en la ruta.
A lo largo del camino, la ruta también sabe hablar. Lo hace a través de
paneles interpretativos que, sin romper la magia, van desvelando el enorme
potencial natural que esconde este entorno.
Mientras dejamos atrás al río ancho y calmo, el paisaje comienza a
transformarse casi sin que nos demos cuenta. El Mandeo se estrecha, acelera su
pulso, y la senda se recoge junto a él, como si ambos conspiraran para guiarnos
hacia un rincón más íntimo y salvaje, en el que sobre nuestras cabezas, una
maraña de ramas se eleva en busca del sol, tejiendo un dosel natural que regala
sombra al caminante y cobijo a una cubierta vegetal siempre húmeda, viva,
palpitante. Aquí el verde se vuelve más profundo y los helechos gigantes toman
el protagonismo, desplegando sus formas prehistóricas como guardianes del
sendero. Algunos de ellos, auténticos tesoros botánicos, están protegidos, como
el delicado Isoetes fluitans, discreto y valioso.
A lo largo del sendero, el río también cuenta sus secretos. Señalizadas aparecen las zonas de pesca del salmón y trucha, los llamados pozos, lugares profundos y silenciosos donde los peces descansan en su largo viaje contracorriente y donde libran auténticas batallas contra los anzuelos de los ávido pescadores. Pero el camino no solo invita a admirar, también a respetar. Los paneles advierten de la posible crecida repentina del caudal, recordando que en él ha habido numerosas muertes por ese motivo, y que el Mandeo, aunque hermoso, puede ser imprevisible. También se señalan las zonas de desove, espacios protegidos donde la vida se renueva en silencio.
A continuación, el camino va encadenando nombres propios, como si el río
quisiera presentarnos cada uno de sus rincones más íntimos. Primero aparece el Pozo
de Lamas, un remanso discreto donde el agua parece tomarse un respiro. Muy
cerca, otro panel interpretativo nos invita a mirar con más atención,
hablándonos de la fauna que habita —y se esconde— entre la espesura y el cauce.
Un poco más adelante llegamos al Pozo Pena da Cabra, cuyo nombre no
engaña: una impresionante formación rocosa se sumerge en el lecho del río como
una escultura natural, poderosa. A su lado, la presa del mismo nombre recuerda
la convivencia, no siempre sencilla, entre la fuerza del agua y la mano del ser
humano. Y casi sin darnos cuenta, alcanzamos el Pozo das Cerdeiriñas,
otro de esos lugares de descanso para los peces y para los que gustan de
contemplar serenos rincones.
La vegetación autóctona, diversa y generosa, envuelve el entorno con ese
verde gallego profundo que no necesita presentación. Llegamos entonces al Ponte
do Pedregal, uno de esos puntos clave donde el camino nos invita a cambiar
de orilla… y de perspectiva.
El puente se convierte en una pausa natural, casi obligatoria, porque es imposible no detenerse aquí, para disfrutar de la estampa hermosísima del paisaje fluvial que nos envolvía: el río serpentea entre verdes infinitos y el murmullo constante envuelve al caminante como una caricia.
Continuamos remontando el río, dejando que el Mandeo marque el ritmo del
paso, en dirección al Ponte do Zarzo. El sendero es el mismo que nos ha
acompañado hasta ahora, pero cambia de nombre y de guiños: a partir de aquí aparece
señalizado como SM 11.1. Es un tramo para caminar despacio y mirar hacia abajo,
donde el río se mueve inquieto, como celebrando que seguimos su curso. Desde la
altura, distinguimos las aguas saltarinas de la Presa do Meixón, juguetonas
y vivas. Su nombre no es casual: hace referencia a la cría de las anguilas,
esos habitantes discretos del río que también encuentran aquí su lugar en el
ciclo eterno del agua.
El camino continúa serpenteando y ganando un poco de altura escondido bajo
este bosque atlántico, en el que uno espera ver aparecer a una meiga despistada
o a un corzo curioso cruzando el camino. Desde arriba, el río se intuye entre
ramas y reflejos.
Después, la senda desciende de nuevo con suavidad hasta reencontrarse con
la ribera, regalándonos dos nuevas paradas con nombre propio: el Pozo Volta
do Bocelo y el Pozo Ancho. Son rincones donde el camino y el río
vuelven a darse la mano, como viejos amigos que nunca se pierden de vista.
Desde aquí, el río nos acompañará de forma permanente en este remonte
pausado, caminando a nuestro lado como un hilo vivo que guía cada paso. El
bosque de ribera despliega toda su magia sin reservas. No es casualidad que
este entorno haya sido declarado Lugar de Importancia Comunitaria de la Red
Natura 2000. Aquí la naturaleza se expresa en capas: helechos y musgos tapizan
el suelo, se encaraman a las rocas y abrazan los troncos de los árboles,
creando un universo húmedo y verde que parece recién nacido a cada instante.
Pasamos junto al Pozo do Bocelo, donde el agua vuelve a detenerse
con aire reflexivo, y entre los restos de antiguas edificaciones de piedra que
emergen discretas entre la vegetación. Entre ellas, los restos de un viejo
molino apenas resisten al paso del tiempo. Aquí el sendero se vuelve
memoria, porque el Mandeo no solo daba paisaje, daba sustento, ritmo y sentido
a los días. Cada piedra, cada muro cubierto de musgo, parece guardar historias
de manos trabajadoras, de agua en movimiento y de un pasado que aún late,
suavemente, entre el murmullo del cauce.
El siguiente tramo, tan espectacular como los anteriores, se abre como un
abanico de verdes imposibles. Verdes jóvenes, verdes musgo, verdes que parecen
pintados con paciencia infinita. Alcanzamos ahora la Presa do Bocelo, un
lugar donde el paisaje parece concentrar toda su fuerza en un solo punto. En la
orilla opuesta, una enorme mole rocosa se alza y ciñe el cauce con presencia
imponente, como un guardián pétreo del río.
Y poco después llegamos al Pozo do Ermo, un rincón maravilloso y
profundamente llamativo que se cierra en un abrazo verde y todo invita a hacer
una pequeña pausa… o quizá no tan pequeña. Aquí el río murmura, el bosque
guarda silencio y el camino, paciente, espera. Porque hay paradas que no
interrumpen la ruta: la completan.
Cuesta abandonar este enclave y no es de extrañar, pero todavía nos queda
trecho, así que retomamos la marcha en dirección al Pozo da Longarela,
dejando atrás ese silencio que casi pide quedarse.
Al alcanzar los tres kilómetros de recorrido, aparece ante nosotros la desviación
hacia la ruta SM.9 As Pías, junto a otras dos señales que nos recuerdan
que seguimos en la nuestra. El sendero continúa, aunque la naturaleza se
permite algún gesto de carácter: árboles caídos interrumpen el paso, más como
un juego que como un obstáculo. Los salvamos sin esfuerzo, cruzando entre el
ramaje, como quien atraviesa una puerta vegetal improvisada.
Poco después nos acercamos a la Presa de Caresma, donde el Mandeo
se muestra cambiante y caprichoso: ora espejo tranquilo, ora voz viva entre piedras.
Y así, como quien despierta de un hermoso sueño, llegamos al Ponte do Zarzo, la pasarela que nos permite salvar el río y asomarnos él.
Allí
aparece ella, discreta pero poderosa: la Central Hidroeléctrica do Zarzo.
No rompe la magia del paisaje, la transforma.
Es el punto final de la ruta, donde naturaleza e ingeniería se dan la mano, recordándonos que el Mandeo no solo inspira poemas, sino que también ilumina hogares.
Aquí, la fuerza del agua se aprovecha para generar
electricidad: el río es conducido artificialmente por la ladera del monte desde
un embalse en la cima, y su energía, controlada y domesticada, se convierte en
luz y calor, cerrando así un ciclo donde el hombre y la naturaleza colaboran
sin perder el respeto mutuo.
Comenzamos el itinerario de vuelta por la orilla contraria, adentrándonos de nuevo en un espacio que parece una catedral sin techo, donde los árboles se alzan como columnas vivas, sosteniendo un dosel de hojas y ramas que filtra la luz y acoge cada paso. El rumor del río se entrelaza con el canto de los pájaros, componiendo un órgano natural que acompaña al caminante, una sinfonía perfecta que transforma el regreso en una experiencia mágica.
Pequeños arroyos fluyen hacia el río por un suelo tapizado de hojas y
raíces, recordándote que estás pisando algo antiguo, algo que ya estaba aquí
mucho antes de que tú decidieras venir a perderte… o a encontrarte.
Entre sombras verdes y claros de luz, seguimos la senda que nos acerca a
las ruinas de la antigua FUENTE Y BALNEARIO DE BOCELO.
La fuente de aguas sulfurosas, todavía utilizada por algunos vecinos, se
presenta al aire libre con tres pequeños pilones de piedra. Su caudal, pequeño
y frío, derrama sus aguas con un característico ligero sabor a huevos podridos,
dejando sobre las piedras marcas blancas, testimonio del azufre que aún
persiste.
El balneario, construido en el siglo XX, se componía de dos edificios de planta rectangular. Uno, pegado al manantial, aún conserva bañeras y una caldera de hierro, recuerdo tangible de cuando el agua se calentaba con fuego bajo sus entrañas para ofrecer baños terapéuticos. El otro, más grande, ha desaparecido casi por completo, dejando solo la idea de que pudiera haber servido como posada para quienes llegaban con la esperanza de curar dolencias.
En los años 30, el balneario fue un lugar concurrido, un destino de salud
y descanso. Sin embargo, un incendio en la década de los 40 lo sumió en el
olvido, dejando en silencio las historias de aquellos que buscaban alivio en
sus aguas. Las fuentes se usaban en bebida para tratar trastornos del hígado y
en baños para aliviar el reuma y cuidar la piel.
Es un lugar donde la naturaleza y la memoria se entrelazan: el bosque crece alrededor de las ruinas, el agua sigue corriendo, y uno puede imaginar los pasos de quienes, hace casi un siglo, buscaban alivio y serenidad en este rincón escondido.
En el siguiente tramo, nuestro paso se vuelve más lento, pues el sendero
nos exige atención. Como si quisiéramos imitar al río en su descenso, vamos
esquivando los afloramientos rocosos que salpican su lecho, saltando con
cuidado entre piedras y raíces, dejando que cada movimiento sea consciente y alcanzamos
ahora el ya mencionado Ponte do Pedregal.
En esta parte, caminar no es solo avanzar: es acompañar el curso del
Mandeo, seguir su ritmo y dejar que su fuerza moldeada por el tiempo nos enseñe
a movernos con la misma paciencia y fluidez que el agua que corre a nuestro
lado. Cada piedra se convierte en un pequeño desafío, un recordatorio de que el
bosque y el río deciden el paso, y nosotros solo podemos seguir su cadencia.
Desde esta orilla, se nos abre una nueva perspectiva de la Presa y Poza da Pena da Cabra, así como de otras enormes moles rocosas que parecen surgir directamente del fondo de un río que no solo fluye, custodia. Protege bosques, alimenta historias y da forma a un entorno donde la naturaleza sigue mandando con voz suave pero firme.
TODA LA INFORMACIÓN INCLUIDA EN ESTA PUBLICACIÓN, HA SIDO RECOGIDA DE LOS SIGUIENTES ENLACES:
https://www.fragasdomandeo.org/wp-content/uploads/2013/03/XuntaGalicia_FolletoRutasChelo.pdf
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